JARDINES E MONFOTE de VALENCIA

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VALENCIA ES HISTORIA

En las andanzas de por ahí, en los entresijos de la red, –una de mis aficiones–, con la apoyatura de “Feedly”, como almacén o guardería, se trompica con aspectos, entre otros, de la pequeña historia de VALENCIA, poco conocidos, curiosos, interesantes. Vele ahí, uno de ellos, referido a “temario”, que ha poco estuvo en “candelero”. Copio y pego lo que resalta, con leves añadidos personales. Puede, ¿puede..? resultar hasta interesante. La “literaria” es obra completa del periodista expositor.

La historia oculta de los Jardines de Romero

Jardines de Monforte

Uno de los personajes más ricos de la Valencia decimonónica, marcado por la tragedia familiar y constructor de los Jardines de Monforte y del Asilo de San Juan Bautista

VALENCIA. Es 1 de noviembre de 1898. El país está sumido en la depresión. El orgullo nacional herido hasta la médula con la humillante derrota ante los norteamericanos en Cuba y Filipinas, que ha costado decenas de miles de vidas españolas. El púber Javier Goerlich, sin embargo, vive ajeno a aquellos asuntos adultos. Sólo tiene 11 años, a punto de cumplir los 12. Con todo, quien posteriormente sería uno de los arquitectos más importantes de la Valencia del siglo XX siendo ese día una tristeza especial. No puede evitarlo después de lo que le ha contado su abuelo, Don Atanasio León.

Este año, por primera vez, le han permitido ir por Todos los Santos en el Cementerio General, en medio de la huerta, donde ha llegado, por el antiguo camino real, en uno de los grandes carruajes de la familia. Mientras la gente del servicio doméstico arreglaba las tumbas de los León, los Abad, los Sancho y Concha, Don Atanasio le ha llevado ante un gran obelisco en el que se puede leer, rodando sus cuatro caras, la conocida frase del Apocalipsis Beati mortuaria quien in Domino moriuntur: “Bienaventurados los muertos que mueren en el Señor”.

Juan Bautista Romero
Mariana Conches

Resguardados debajo de dos grandes paraguas, han observado cómo las gotas de lluvia resbala por encima del mármol y salpicaban el lujoso sarcófago que presidía el panteón. “Aquí descansan los restos de mis tíos, Don Juan Bautista Romero Almenar y Mujer Mariana Concha Benet”, le dijo a su nieto con una voz profunda que se ha impuesto a los sonidos repicants del rociados. Y entonces le ha contado la amarga historia de una familia que lo tuvo materialmente todo, pero quedó estigmatizada por la peor de las mortsque alguien puede sufrir, la de los propios hijos.

Su historia se remontaba a la época de la ocupación napoleónica, en la que poco más o menos habían nacido, en una Valencia en que la sedería era la industria por excelencia y ocupaba a miles de personas como las que aún habían trabajado en la fábrica del abuelo Atanasio. Juan Bautista, precisamente, era hijo de una familia de velluters y había crecido en ese ambiente del popular cuartel urbano del Mercado. Muy joven, aún adolescente, se había casado con Mariana y habían tenido tres hijos, de los que pronto habían muerto dos, albadets, como era frecuente entonces. El mayor, en todo caso, había sobrevivido a la infancia.

Foto: Escut del Hospital General de Valencia en el segle XVIII

Foto: Escudo del Hospital General de Valencia en el siglo XVIII

Mientras tanto, en los años 30 y 40, cuando las guerras contra los carlistas, la familia había prosperado enormemente. Juan Bautista tenía unas dotes especiales para los negocios y, partiendo de la nada, había conseguido formar un emporio de compraventa y exportación de seda. Antes de llegar a los 40 años se había hecho rico, muy rico. Pero también entonces, justo cuando empezaba a trabajar con él, el primogénito, a quien también llamaban Juan Bautista, fue asesinado, con apenas una veintena de años. Un crimen pasional, perpetrado por los hermanos de la muchacha con la que festejaba …

El golpe fue demoledor. La madre se recluyó en casa durante meses y estuvo a punto de perder la razón. El padre, desesperado, se refugió en el trabajo y las oraciones diarias por el alma de su amado heredero. Sólo al pasar el primer año de intenso duelo empezaron a salir del pozo. No podrían soportar otra muerte y decidieron no tener más descendencia. Por el contrario, dedicarían lo que les quedaba de vida a honrar el recuerdo del hijo perdido ya hacer dinero que destinarían a la caridad. En concreto, en el Hospital General de Valencia, que asistía a los enfermos más pobres.

Foto: Panteó de la familia Romero-Conches.

Foto: Panteón de la familia Romero-Conches.

En 1846 celebraron unas solemnes y multitudinarias misas fúnebres de cumpleaños, con música de Mozart, en la parroquia de San Martín. Inmediatamente después hicieron testamento y contrataron al arquitecto Sebastián Monleón y el escultor Antonio Marzo para hacer aquel imponente mausoleo de trazas neoclásicas. Entonces aún sería más impresionante, ya que no en vano era el primer panteón conmemorativo que se construía en el cementerio. A mano izquierda pusieron la sepultura que debía albergar el cuerpo de mujer Mariana, a mano derecha la de don Juan Bautista y en la parte central el majestuoso sarcófago de mármol de Carrara que contenía las cenizas del hijo.

En la parte de atrás, el epitafio, escrito por el venerable historiador Vicent Boix: “El amor paternal le preparaba un brillante porvenir y la esperanza y felicidad sonreían a acerca padres por la vida de super hijo único bienamado. La providencia en sobre altos Juicios Prob sume virtud arrebatando al hijo en medio de super juventud. Consagrado a super memoria, este monumento conservará los restos del hijo y de los padres, por amor, por consuelo, miedo no separarse jamás “. Don Atanasio y Javier leyeron aquellas palabras en silencio, juntos, bajo la lluvia que comenzaba a amainar.

Los leones del Congreso

El matrimonio comenzó a invertir parte de su fortuna en los muchos solares y edificios que entonces se subastaban como resultado de la desamortización de los bienes de la Iglesia. La idea era poder sacar réditos y venderlos a su muerte, destinando el dinero en el Hospital General. Asimismo, también compraron diversos campos y huertos en los contornos de Valencia. Uno de ellos era el que aún conservaba el abuelo Atanasio, en la gran casa de esparcimiento donde tanto le gustaba jugar a Javier con sus hermanos y primos, justo al lado del antiguo convento de San Pío V, en el inicio de la Vuelta del Ruiseñor.

Otro era el Hort de Romero, que todo el mundo empezaba a conocer hoy por los Jardines de Monforte, ya que pertenecían a los tíos segundos del mismo Javier, don Joaquín Monforte Parrés y mujer Josefa Sancho Concha. De hecho, habían ido alguna vez de visita familiar. Ahora debía saber que aquellos espléndidos jardines también estaban dedicados a la memoria del joven que tenían delante. La próxima vez que fuera debía fijarse especialmente en uno de los muros del chalet, que también había construido Sebastián Monleón. Ahí vería a Hebe, la diosa griega de la juventud con un cáliz en la mano, y en los jardines del lado podría comprobar que casi todas las esculturas eran de niños jugando.

Don Juan Bautista había invertido millones y millones en los jardines, con la casa, las galerías, los estancos, los conjuntos escultóricos mitológicos, los árboles exóticos traídos de cualquier parte del mundo y, incluso, unos leones que se habían diseñado originariamente por el Congreso de Madrid. Los había comprado durante sus estancias en la capital como diputado del partido moderado, a partir de los años 50. En aquella época también había adelantado el dinero para hacer la plaza de toros de Valencia, diseñada igualmente por su amigo Monleón, los beneficios de la que iban a parar al mismo Hospital General que tanto protegía.

Su fortuna no había dejado de crecer, hasta el punto de que llegó a ser el máximo propietario de la ciudad, por delante de los famosos Trénor, Caruana, Bertran de Lis o el Marqués de Campo, de los que Javier seguro que había oído hablar. Incluso había sido nombrado senador vitalicio a propuesta de la reina Isabel II, que lo llegó a ennoblecer con el título de Marqués de San Juan. En aquellos tiempos había ayudado al mismo abuelo Atanasio a emprender sus propios negocios sederos. Entonces, al final de su vida, el matrimonio había decidido cambiar el legado testamentario que tenía previsto. En lugar de dejar su patrimonio en el Hospital General, harían su propio proyecto, como no, relacionado con la protección de la infancia. Y le pondrían el nombre del hijo traspasado: crearían el Asilo de San Juan Bautista.

El asilo de Romero

Javier había pasado muchas veces por delante. Estaba en la Concha, junto al río, donde se concentraban otros edificios caritativos, como la Beneficencia o el Asilo del Marqués de Campo. Era un colegio para huérfanos y niños pobres y -era verdad! – Muchos le llamaban el Asilo de Romero. Ahora el abuelo le explicaba la razón. Aquellas personas que tenía enterradas delante, que eran, además, antepasados ​​suyos, eran las responsables. Juan Bautista Romero Almenar y Mariana Concha Benet lo habían construido, encargándole la obra, evidentemente, al arquitecto Sebastián Monleón.

Habían instituido una importantísima donación en forma de rentas, que gestionaba un patronato del que el propio abuelo formaba parte, y habían construido, justo al lado, el Hospital de Santa Ana, que también se dedicaba al cuidado de los niños. Habían querido, de esa manera, transmitir y traspasar más allá de su propia muerte el intenso afecto paternal que habían volcado en unos hijos que la providencia les había hurtado. Habían tratado de convertir la desgracia en una buena obra, que podía beneficiar de manera perdurable sus conciudadanos.

Foto: Asil de Sant Joan Baptista.

Foto: Asilo de San Juan Bautista.

Fue una de las lecciones que don Atanasio trató de hacer comprender al mayor de los Goerlich aquella mañana lluviosa en el Cementerio General de Valencia. Que la vida, a pesar de la muerte, siempre debía continuar. Que los acomodados, como ellos, habían de promover el bien común y mantener una intensa responsabilidad social. Que las cosas bellas, como los Jardines de Romero, hacían de las ciudades un lugar mejor y más habitable. Con todo, después de mostrar sus respetos al resto de familiares enterrados, Javier volvió a casa cabizbajo, en silencio, impresionado por la historia que acababa de escuchar. Le había gustado saberla, conocer los secretos de la familia, pero aún no llegaba a comprender el sentido de la muerte.Con los años lo entendería todo mejor …

Hasta aquí un relato ficticio que no sabremos nunca si se produjo. Lo que sí es cierto, en todo caso, es que el conocido arquitecto Javier Goerlich era nieto de Atanasio León, que a su vez era sobrino político de Juan Bautista Romero y Mariana Concha, con los que trabajó codo a codo. También son reales demás datos ofrecidos sobre la trayectoria vital del comerciante sedero Romero Almenar, del que se desconocen excesivos detalles, pero el patrimonio ha sido estudiado con profundidad por historiadores contemporaneístas de la talla de Anaclet Pons y Justo Serna.

Foto: Asil de Sant Joan Baptista.

Foto: Asilo de San Juan Bautista.

Es curioso, en cualquier caso, que la memoria de su nombre, a pesar de los importantes espacios que legó a la ciudad, haya desaparecido casi por completo. En primer lugar, como se ha comentado, el antiguo Huerto de Romero recibe ahora el nombre de Jardines de Monforte, el apellido del marido de una de sus sobrinas, a pesar de que fue exclusivamente el primero quien erigió todo el conjunto. En segundo lugar, también el nombre del Asilo de Romero fue sustituido con el tiempo por el de San Juan Bautista (o San Juan Bautista), sede, en la actualidad, de diversas dependencias de la Universidad Católica de Valencia. Finalmente, aunque hay una calle dedicada a su memoria, el del Marqués de San Juan (cerca de la avenida de Campanar), su nombre real queda oculto por completo.

Sólo en los últimos años el Museo del Silencio, ideado por el bibliófilo Rafa Solaz para poner en valor los monumentos funerarios del Cementerio General, destacó las figuras de Juan Bautista Romero y Mariana Concha como creadores del primer mausoleo de la Valencia contemporánea, a raíz de dicha muerte de su hijo, a los 20 años. Sirva esta historia fabulada, pues, de recuerdo a unos de los personajes que marcaron la trayectoria de la ciudad de Valencia durante el siglo XIX. Y también de estímulo para investigar todo lo que todavía no conocemos sobre sus figuras y la sociedad de su época.

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Un comentario en “JARDINES E MONFOTE de VALENCIA

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